
“Hidalgo era guapo, seductor y blasfemo”
Virginia Bautista
Guapo, seductor, blasfemo, culto, amante del teatro, los toros y los palenques; pero también un hombre comprometido, fuerte, informado, astuto, que “podía desbaratar a una figura con dos frases”, Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811) tenía múltiples facetas, “lo que le da un sentido de universalidad que lo hace atractivo”.
Tras dedicarle dos años de su vida al Padre de la Patria, un año de investigación y otro en la redacción de su novela Hidalgo. Entre la virtud y el vicio (Martínez Roca), el escritor Eugenio Aguirre entrega una historia “divertida, anecdótica” que echa por tierra la concepción de “estampita o esculturita de bronce” que se tiene del sacerdote y militar que dirigió el inicio del movimiento de Independencia mexicano en 1810.
“Lo conocemos muy elementalmente. Era un hombre delicioso, sumamente inteligente, de una gran agudeza. Siendo el teólogo más brillante de su época y bachiller en artes y teología, tenía el tiempo y la voluntad de hacer cosas por el pueblo y dedicarse a su vida personal en forma intensa”, comenta en entrevista.
El narrador afirma que el líder insurgente era un ser humano común y corriente que tenía dudas. “Desde muy joven quiso transformar la enseñanza de la escolástica en los seminarios. Era blasfemo, se burlaba del infierno, de los santos. Hacía comentarios procaces y heréticos constantemente. Aunque era sacerdote, tenía otra concepción de la relación del hombre con Dios. Por eso se le procesó y se le degradó”, agrega.
Blanco, de ojos azules, alto, fornido, delgado, “porque siempre estaba trabajando en cuestiones agrícolas”, el autor del Grito de Dolores era un seductor. “Tenía un gran atractivo con las mujeres. Conoció a muchas de sus amantes, incluso la madre de sus dos primeras hijas, durante el montaje de las obras de teatro de Molière que realizaba en sus casas de San Felipe Torres Mochas, Valladolid y Dolores. Eran actrices en ciernes y las seducía con su labia. Su fama como amador fervoroso, cumplidor y efectivo cundió”.
El también cuentista señala que a Hidalgo le encantaban los juegos de mesa, las peleas de gallos, montar a caballo, tocar el violín y torear. “Joaquín Marroquín, quien después fue su sicario, pues era un sicópata, un asesino bestial, era su amigo, el cuate con el que se iba de parranda, a los burdeles y a los palenques”.
A partir de esta faceta y la de luchador social, defensor de los indígenas y las castas, del hombre comprometido que hablaba seis idiomas, entre ellos náhuatl, otomí y purépecha, Aguirre armó una novela narrada por varias voces que recrea al hombre y al prócer. “Acabas queriéndolo”, dice.
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