De: http://blogcimarron.wordpress.com/Es verdad, he tenido abandonado mi blog y me duele en el alma pero traía una perreta encima que no me dejaba ni pensar.
La historia es más o menos así: editorial hijadeputa me pide una chamba por ahí de junio de 2008. Yo tenía toneladas de trabajo y estaba en la cumbre de mi felicidad free lancera: adiós oficinas (las odio con TODA mi alma), adiós tráfico, adiós compañeros de trabajo indeseables, adiós estar obligado a permanecer frente a la computadora cuando no hay nada que hacer, ADIÓSSSSSSSSS. Era estúpidamente feliz. El pedo del free lance es que, aunque tengas ciertos clientes fijos, nada es completamente seguro. Al ratito nadie tiene palabra. O les cortan el presupuesto. O les cierran la revista. O el director prefiere darle chamba a un amigo que trabaja a su lado y que tiene sueldo fijo pero mete recibos de otros. Por eso el trabajador free lance suele embarcarse en todo. Y yo no fui la excepción. La petición de editorial hijadeputa estaba muy pasada de verga: eran 200 pesos por cuartilla pero, no, no vayan a creer que la cuartilla era ‘una cuartilla’. Era en realidad una página totalmente LLENA, no espacio entre líneas, no espacio entre párrafos, no espacio entre el título y lo que seguía… Ah, y a letra 10, por favor. Lo del espacio entre líneas (sí, la verdadera cuartilla lleva 1.5 o doble espacio) y lo de la letra 10 se me avisó desde el principio (my mistake) pero el absolutamente inusual desmadre de no dar ‘enter’ después del título de una reseña y otros detalles fue un chistecito de última hora que redujo muchísimo el número de páginas.
Bueno, comencé el trabajo. Y a la segunda cuartilla ya quería mandar todo a la chingada. Por más que escribía no había modo de llenar cuartillas. Tuve que hacer un chingo de investigación para cada reseña y en cada página cabían alrededor de 8 o 9. Las horas pasaban y parecía que no había hecho ni madres. Terminar el trabajo me tomó alrededor de dos meses que fueron sencillamente una pesadilla. Por primera vez en mi no tan corta vida redactando me dio tendonitis de tanto escribir. Por supuesto, me dieron las 6, 7 de la mañana varias veces intentando acabar y no lograba ni madres. Un día de plano me solté llorando. El mundo se me venía encima porque estaba segura de que no acabaría. Y no era mi viaje dramático: los colaboradores, que permanecíamos en contacto para darle uniformidad al proyecto, estaban igual o más en el ácido que yo. A una de ellas incluso le dio una contractura y tuvo que usar collarín. Pero, bueno, lo logramos.
Dejé pasar unas tres semanas y le escribí a quien me encargó el trabajo para preguntarle cómo iba a estar lo del pago. Él me dijo: ‘probablemente se les pedirá el recibo el próximo mes’. Treinta días después volví a escribirle y aseguró: ’se les pedirá el recibo entre septiembre y octubre y se les pagará entre noviembre y diciembre, cuando el trabajo esté publicado’. Me cagó pero en el mundo editorial es común que se te pague hasta que las cosas se publican. En fin. En septiembre volví a llamar y se me dijo: ‘el recibo se les pedirá hasta diciembre’. Yo, obviamente, comenzaba a perder la paciencia. Unos días antes de diciembre llamé de nuevo. Me dijeron que llevara el recibo las primera semana del mes y que se me pagaría…. la primera semana de enero. Para ese momento yo ya estaba enloqueciendo. Después de hacer gran berrinche, llevé mi recibo y esperé.
Ya en enero, la dinámica cambió. Ahora tenía que hablar con un contador que parecía imaginario, pues jamás respondía los correos y, cuando uno lo llamaba, SIEMPRE respondía la contestadora. Un día, en medio de la desesperación, me presenté en editorial hijadeputa y el contador me atendió por el teléfono de la recepcionista para decirme que la próxima semana me depositaban. Obviamente eso no sucedió. Decidí entontes bombardearlos con correos todos los días. Sí, hasta tres o cuatro diarios. Nada. Llamé diario: nada. Perdí no sé cuánto dinero en buscar mi pago pues ni siquiera tengo teléfono fijo y siempre tenía que hablar de mi celular. Y el resultado siempre era el mismo: nada.
Comencé a hacer grilla entre los colaboradores. Una de ellas, la de la contractura, me dijo que se unía a la batalla. Pero al ponerme en contacto con otros el asunto se volvió una pesadilla: resulta que todos sabían que editorial hijadeputa jineteaba el dinero y (tambores) pagaban ¡hasta dos años después! Ah, pero aún no saben lo mejor. En medio de todo este desmadre, editorial hijodeputa me pidió dos chambas más… ja ja ja. ¡Dos chambas más y llevaba seis meses sin pagarme la primera! Le di un ‘no’ rotundo y continué armándola de pedo. Me puse en contacto con otra colaboradora que me contó que a una amiga suya le pagaron año y medio después y sólo la mitad del monto. Yo no cabía en mi asombro, primero, porque no podía creer que ningún alma caritativa me hubiera advertido y, segundo, porque creo que hay que tener atole en las venas para no hacer ni madres y aceptar una arbitrariedad de ese tamaño.
En marzo el contador comenzó a contestar el teléfono. Increíble pero cierto. Después de dos meses el cabrón se dignó. Y su respuesta, para variar, era: la próxima semana. Pero él no sabía que ya habían llegado al límite de mi paciencia. Entonces comencé a asesorarme en Conciliación y Arbitraje y me di cuenta de que podía meterlos en un pedote con la mano en la cintura. De hecho puede hacerlo casi cualquiera, incluso en tratos de pura palabra. Imagínense nosotros, que tenemos en nuestras manos una publicación con nuestro nombre. La semana pasada, el miércoles, le llamé al contador. Me salió con lo mismo y le dije algo muy simple: ‘dile a tu jefe que si no me paga esta semana, la próxima tendrán a Conciliación y Arbitraje en la puerta. Juro que los voy a hundir’. El contador se puso a temblar y me dijo que ‘convencería’ a su jefe de que me pagara. Al día siguiente me llamó y me dijo: ven por tu cheque mañana. Así, nada más. Fui por mi cheque y lo cobré.
Moraleja: Compañero free lance, no te dejes. Ve a Conciliación y Arbitraje y no permitas que las editoriales piteras o las empresas hijodeputas te hagan vomitar bilis. Es más, antes de ir, amenázalas con ello. Y no chambees por pagos que te darán dos años después. Eso provoca que nuestro trabajo se devalúe y que quieran vernos la cara de pendejos a todos. Una editorial que estafa a sus colaboradores merece desaparecer.
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